SOBRE LA MURALLA DEL TIEMPO LA PALABRA MAS ALTA
Denise Levertov - INGLATERRA (1923 - 1997)

Traducciones de Cynthia Mansfield.

X

En la única pierna que le duele,
el poeta
aprende a pararse firme,
sosteniendo
la mesa redonda
de su página en blanco.
Cuando sople el viento
su madera
volverá a ser árbol,
volverá a estremecerse,
a suspirar y a cantar.


MUERTES

I
Osip Mandelstam

Con un vaso de
agua hervida
sin enfriar aún
junto a una estufa
que no emitía
mucho calor
estaba sentado
repitiendo
esas palabras verdes
Laura y laurel
escritas en Avignon
cuando del lóbrego
día invernal entró
la Muerte vestida de verde
tras haber viajado en tren y a pie
diez mil kilómetros a
este fin,
y corriéndose para hacerle
un lugar junto al fuego, el poeta
le dio una calurosa bienvenida, pidiendo
noticias de su casa.


II
César Vallejo

La Muerte dulce
le gritó al oído,
oído que por naturaleza registra,
el más mínimo, el más sutil
de los clamores del gusano
y los alborozos de la libélula,
y con esa cortesía que otorgaba
a toda torpe cosa viviente
que anda tropezándose en botas rotas
hizo una reverencia y
sin acobardarse de su negro aliento
le ofreció el brazo y
caminó de regreso con ella por
el camino que había venido y
remontó la cuesta.


EL CRECIMIENTO DE UN POETA

I

Junta botones de cristal en el lecho del océano.
Branquias de la mente laten en aguas insondables.

En el diccionario infinito descubre
dorados granos de arena. Cada uno tiene su gemelo
en alguna orilla del otro lado del mundo.

Ciego a lo que aún no necesita,
va a tientas sobre vidrio roto
a la única piedra que cabe en su palma.

Al abrir los ojos da a lo que contempla
el reconocimiento que ninguna mirada le había otorgado.
Se convierte en palabra. Estremeciéndose, toma vuelo.


EL CRECIMIENTO DE UN POETA

VI

Hacer poemas es encontrar
una silla vieja en una zanja,
y traerla a casa
a la cueva del desván;
un caballo extraviado del corral,
un barco a la deriva en las malezas de la orilla,
fosforecente.

Luego en la mecedora rota
escaparse -a la realidad-.
Al reino de ambrosía y mendrugos
no se llega con esfuerzo y ahínco.

Recién cuando los pies comienzan
a danzar, cuando la silla
cruje y galopa,
se abren las puertas
y uno se descubre
adentro del reino sin rey.

 
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